Vuelo con turbulencias. Parte III
….. La terrorista, de origen sirio, había sido reclutada por un grupo de integristas islámicos del Magreb. Algunos miembros de la red no eran de la opinión de acoger a una mujer en su organización, pero el jefe aducía cuestiones de peso para su decisión. Entre otras la de que una mujer les vendría bien, ya que no es habitual ver una formando parte de un grupo terrorista islámico. Además por su pelo castaño y sus ojos verde oscuro pasaría totalmente desapercibida en Europa. La usarían como comodín, para no levantar demasiadas sospechas en los aeropuertos, o allá donde se requiera su actuación.
Una vez había hablado con el comandante del vuelo se apoyó contra su asiento. Con su mano derecha seguía agarrando el bote con el líquido azul. El que había dicho que era un potente explosivo líquido. No era más que acetona para retirar el esmalte de uñas. Pero qué iban a saber unos pasajeros atemorizados. Tal como estaba la cosa era casi imposible colar por la aduana ningún arma, y mucho menos un explosivo. Demasiado arriesgado. Además tenía la certeza de que nadie dudaría de su palabra. La psicología del miedo era un arma que dominaba a la perfección. Sabía que todos creerían en su amenaza. También mintió sobre lo del boicot al motor del aparato. El ruido fuerte y seco del mismo le vino de perlas para hacer más creíble el asunto. Era cierto que uno de los motores estaba averiado y empezaba a fallar, pero ella, con algún conocimiento de aeronáutica adquirido en los campos de entrenamiento de los terroristas, sabía que era un ruido inequívoco. Decidió lanzar un farol al comandante y éste le salió a pedir de boca. Ahora la situación parecía controlada. Su compañero, inexplicablemente, se había deshecho del policía y había conseguido un arma. Una amenaza real, un arma, no como el acetona, una amenaza que perdería su efecto en cuanto algún pasajero decidiera tensar la cuerda. Por suerte, aunque aún no sabe cómo Abdul pudo zafarse del poli, tenían un arma de las de verdad. El plan iba viento en popa, aunque no esperaban lo del policía entre el pasaje, pero eso ya era un asunto solucionado. En poco tiempo todo habría acabado.
Acto seguido le dijo a su compañero que vigilara a todo el pasaje y a las azafatas. Mientras indicó al comandante que le guiara hasta la cabina del piloto. Tenía unas indicaciones que darle. Éste asintió y se dio media vuelta con la intención de encaminarse a su puesto. Ella, con paso firme y decidido, le agarró por el brazo, lo hizo girar, y mirándole fijamente a los ojos le espetó:
–Si no hace exactamente lo que le digo, mi compañero irá ejecutando a un pasajero por cada vez que le tenga que repetir una orden. Y, por supuesto, si intenta alguna artimaña haré estallar esto– y le mostró el bote con el líquido azul.
–De acuerdo– contestó visiblemente acongojado el piloto.
–Pues ahora andando. Hay un cambio de planes en la ruta del vuelo– dijo la terrorista.
Una vez llegados a la cabina, el copiloto miró a la chica con una evidente mueca de sorpresa. No sabía mucho de lo que estaba ocurriendo fuera, ya que se quedó en la cabina pendiente de la navegación del aparato. Su compañero le miró a los ojos y con un gesto de negativa le hizo entender que no dijera nada. El comandante tomó asiento y la terrorista se puso entre medio de los dos.
–Ahora ya no vamos a Copenhague. Nos dirigimos a Argelia.– indicó la mujer.
–Pe.., pero, no tenemos suficiente combustible para llegar hasta allí. Estamos sobre Francia y cambiar el rumbo para dirigirnos al norte de África sería un suicidio. No llegaremos nunca.– indicó el piloto.
–No se preocupe. Es un viaje con escalas. Cambie el rumbo hacia Córcega. Allí nos llenarán los depósitos. Y desde este momento nada de indicaciones por la radio. Notarán su cambio de rumbo y se lo harán saber desde los controles en tierra. Pero no conteste. Guarde silencio y haga todo lo que le digo. Si alguien tiene que hablar lo haré yo.– espetó la chica.
–Esto es una locura, no dejarán que tomemos en Córcega. Además el motor no sé si resistirá mucho más. Los indicadores muestran que ha perdido mucha potencia y presión de líquidos hidráulicos. También he de decirle que comuniqué a tierra sobre la avería y tenemos previsto tomar, por la emergencia, en el aeropuerto de Toulouse. Que es el que tenemos más cerca– dijo el copiloto.
–Ya lo creo que sí nos dejarán tomar tierra. Con sesenta pasajeros y ocho miembros de la tripulación amenazados de muerte le dejaría aterrizar hasta en el mismísimo JFK de New York. Y no se preocupe por el motor. Si deja de funcionar ya veremos qué hacemos entonces.– respondió.
Tras esto el comandante comprobó su posición, sacó sus cartas de navegación y trazó el nuevo rumbo. Hizo virar el aparato.
Duarte estaba viviendo uno de los peores momentos de su vida. En el suelo había dos cadáveres. Un tipo con cara de pocos amigos empuñaba una pistola, una tía decía portar una potente bomba en forma líquida y, para más inri, tras mirar por la ventanilla, vio como el aparato cambiaba su rumbo. Era evidente que ya no iban a Dinamarca. Además el ruido hacía presencia cada vez con mayor asiduidad. Estaba seguro que si salía de ésta sería con mucha suerte. Agarró su talismán de nuevo, lo apretó fuertemente con sus dedos y se encomendó a él.
La radio de cabina crepito:
–Mediterranaen 322, aquí torre de control de Toulouse. Se ha desviado de su rumbo. Vire a la izquierda, rumbo 301 y descienda a 13.000 pies. Espere instrucciones para la aproximación de Toulouse tierra.
–No conteste. Haga caso omiso.– le dijo la terrorista.
El aparato se dirigía a la isla de Córcega, dirección al aeropuerto de Ajaccio, la capital corsa.
–¿Qué piensa decir en Córcega para que nos dejen tomar tierra, nos llenen los depósitos y nos permitan despegar?– preguntó el copiloto a la mujer.
–No se preocupe por eso. Yo tengo la sartén por el mango, no ellos. Harán lo que yo les diga.– contestó la chica.
El compañero de la terrorista vigilaba al pasaje y a las azafatas empuñando la pistola. Se había colocado a la cabeza de los asientos, y había hecho que las azafatas se pusieran entre los pasajeros, para tenerlos a todos controlados. Nadie se movía y todos miraban al tipo que les apuntaba con un arma. Duarte estaba rezando en silencio. De naturaleza aprensiva nunca llevó muy bien los sobresaltos. Por contra, la señora que tenía a su lado parecía tranquila. No había abierto la boca en todo el trayecto, ni ante los dos muertes movió un solo músculo de su boca. Guardó un estricto silencio. Solo parecía murmurar alguna plegaria, pero en un idioma que Duarte no entendía.
En la cabina la radio volvió a sonar de nuevo:
–Mediterranaen 322, aquí Toulouse tierra ¿me recibe?– dijo la voz enlatada.
El piloto y el copiloto no contestaron siguiendo las indicaciones de la terrorista.
–¿Cuánto queda para llegar a Córcega?– preguntó ésta.
–Algo más de una hora– dijo el comandante.
–¿Qué combustible tenemos?– volvió a preguntar.
–Más o menos la mitad.– añadió.
–Está bien. Sintonice la frecuencia de radio de la torre de Ajaccio. Voy a comunicarme con ellos.
El copiloto, tras consultar sus cartas sintonizó la frecuencia exigida por la terrorista. Ésta le quitó sus cascos y se los colocó en la cabeza.
–Ajaccio torre, Ajaccio torre. Aquí Mediterranaen 322. ¿Me recibe?…
–Puede que aún no estemos en el alcance de su frecuencia. Debería esperar un poco.– le comunicó el piloto.
–Puede ser– dijo la chica con gesto contrariado lanzando los casos sobre el panel de mandos.
El ruido del motor volvió. El comandante consultó los instrumentos y comunicó a su segundo que seguía perdiendo presión en el hidráulico y la potencia era muy baja. Y ahora, además, su temperatura estaba por encima de la recomendada.
–Oígame, esto es una locura. El motor se va a parar de un momento a otro. Como puede comprobar en estos indicadores, se está sobrecalentando y pierde hidráulico. No llegaremos a Ajaccio. No creo que aguante mucho más. Deberíamos volver a Toulouse y tomar tierra. Sería lo más aconsejable– dijo el comandante con evidente gesto de preocupación.
–Además si sufriera cualquier tipo de explosión….
La terrorista pareció sopesar las noticias que le daba el piloto sobre el estado del motor. No entraba en sus planes una avería tan grave, aunque la hubiera usado como artimaña para convencer de la gravedad del secuestro a sus rehenes. Tras unos segundos de silencio les dijo que continuara adelante. Si caemos al mar dará lo mismo. Ha venido aquí ha cumplir una misión e intentará completarla aunque en ello se le vaya la vida.
De nuevo se colocó los cascos y repitió las mismas palabras que antes con la esperanza que ya pudiera comunicarse con Ajaccio. Esta vez se escuchó un siseo y una voz dio paso:
–Aquí Ajaccio torre.– dijo la voz.
–Mediterranaen 322 solicita permiso para aterrizar– dijo la chica
–Mediterranaen 322, lo tengo en mi panel, pero su plan de vuelo no está en monitor y no estaba prevista su llegada. ¿Tiene alguna emergencia?– dijo el controlador corso.
–Ajaccio torre, afirmativo. Volamos con un motor en mal estado y solicitamos la toma de emergencia en su aeropuerto.– añadió la terrorista.
–Mediterranaen 322, stand by.– comunicó.
Tras unos segundos la radio escupió la voz del controlador:
–Mediterranaen 322. Según mis indicaciones tienen la misma instrucción por parte de Toulouse torre. ¿Por qué se han desviado? Además están intentando comunicarse con usted y no da señales de vida. Mi superior me indica que aclare este punto.
–Ajaccio torre, ha sido un error de los instrumentos de navegación. Parece que nos hemos desviado…, sí. Y la radio no funciona bien tampoco.– contestó la mujer.
–De acuerdo. Por ser una emergencia grave le daremos paso. Vire rumbo 122 y descienda a 10000 pies. Espere indicaciones de Ajaccio tierra. Sintonice la fecuencia 124.550 en su COM2.
–Roger.– terminó la comunicación la chica.
–¿Ven qué fácil?– le dijo a los pilotos. –Ahora solo queda tomar y pedir combustible. Entonces sí tendré que comunicar mi verdadera intención y el secuestro de la aeronave. Pero de momento iremos ganando tiempo.– espetó.
Los pilotos guardaron silencio. La chica le devolvió los cascos al copiloto y se sentó. Mientras en la zona de pasajeros su compañero tuvo que golpear con su arma a uno de los miembros del pasaje. Era Federico Duarte, había pedido agua, no aguantaba más la sed y el terrorista, sin mediar palabra, le dio un fuerte golpe en la frente por haberse levantado de su asiento. Ahora tenía una brecha ostensible y sangraba abundantemente.
Parece, según pensó, que ni su talismán le sacaría de ésta………
Pobre Duarte,nació pa martillo y del cielo le caen los clavos.