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Vuelo con turbulencias. Parte II


……Duarte quitó el tapón de la botella de agua y la apuró hasta vaciarla, tenía la lengua seca, estaba sudando y cada vez tenía más ganas de tomar tierra en su destino.La señora que tenía a su izquierda se despertó cuando el agente detuvo al sospechoso. Ahora hacía ostensibles gestos de incomodidad. Miraba a un lado y al otro, sin reparar demasiado en Duarte. Éste le hizo un comentario sobre lo ocurrido y ella pareció no escucharlo.

El policía hizo acto de presencia de nuevo. Uno de los faldones de su camisa lo llevaba fuera, y su pulcro peinado a gomina ahora se mostraba algo revuelto. En sus ojos se podía leer que algo iba mal. Dio unos titubeantes pasos, se detuvo y llevó la mano a su costado izquierdo. Hizo una mueca de dolor y cayó de bruces al suelo. Algunas personas empezaron a gritar. Otros abandonaron sus asientos para atender al agente. Por el tipo de herida parecía que le hubiesen clavado algo punzante. En medio del desconcierto una voz femenina, desde el fondo, con un raro acento, mandó a callar a todo el pasaje y los conminó a volver a sus asientos. Acto seguido, el individuo anteriormente detenido salió por la puerta del fondo, con cara de pocos amigos y portando la pistola del policía con gesto amenazador. Y sin los grilletes sujetando sus muñecas.

–Si nadie se mueve, hacen lo que se les dice y guardan silencio, no habrá más muertes– dijo éste con el mismo acento que la chica que antes mandó a callar a todos.

Una de las azafatas salió de su lugar, se paró en seco al ver al tipo de la pistola y ahogó un grito con las manos. Éste la encañonó y le dijo que se quedara quieta. Mientras, la chica del fondo, salió de su asiento, y en medio del pasillo pareció portar un pequeño  bote con un líquido azul claro. Era de cristal, no mayor que un frasco de perfume. Lo levantó por encima de su cabeza:

–Esto que ven, señores, es un potente explosivo. Sólo tengo que agitarlo con la debida fuerza para que todo el avión quede hecho pedazos. Así que les advierto que nadie intente hacerse el héroe o acabaremos todos muertos– dijo mientras giraba sobre sus pies para comprobar que todos la atendían.

Duarte creía que le iba a dar un infarto. Agarró con todas sus fuerzas el talismán y su respiración se aceleró. La señora de su izquierda asistía impertérrita a toda la escena, con cara de incredulidad y murmurando, por lo bajo, unas plegarias.

De repente el ruido empezó a sonar de nuevo. Sin pausa y tan fuerte como la última vez. El avión dio una sacudida. La azafata, la cual seguía siendo encañonada, mantuvo el equilibrio a duras penas, mientras el terrorista se sujetaba a uno de los reposacabezas de los asientos para no caer. Aprovechando el desconcierto, uno de los pasajeros se levantó, dio un pequeño salto para sortear a su acompañante y se dirigió al terrorista con claras intenciones de reducirlo. Éste se giró, y sin pensárselo dos veces le asestó un tiro a quemarropa en el abdomen.  El osado pasajero cayó fulminado. La gente empezó a gritar de nuevo, y la chica del fondo mandó a callar, esta vez mucho más enérgicamente y levantando el botecito de nuevo en alto.

–¿¡Quieren morir todos!? ¿¡Qué les había advertido antes!?– dijo con evidente ira.

–¿Está muerto, Abdul?– preguntó al tipo de la pistola señalando con la barbilla al pasajero tendido en medio del pasillo.

–Creo que sí– apuntó éste.

–Pues compruébalo. Y también al poli– ordenó la chica.

Por el ruido del disparo algunas azafatas más salieron, y una de ellas estuvo estuvo a punto de desmayarse al ver a los dos cadáveres rodeados de un charco de sangre que empapaba con viscoso brillo la moqueta del suelo.

El terrorista les indicó que guardaran silencio y se colocaran al lado de su compañera. La mujer del bote ordenó a una de ellas que llamara por el interfono a uno de los pilotos y que éste se presentara inmediatamente en el pasillo de asientos. La chica lo hizo, y unos segundos después el comandante de la aeronave apareció.

Miraba con ojos muy abiertos la escena, y evidente incredulidad. El tipo de la pistola le apuntó ahora a él y le comunicó que el avión estaba secuestrado por Al-Yahiraq. Que si hace lo que le indica todo habrá acabado pronto.

A Duarte ese “todo habrá acabado pronto” le puso los vellos de punta. ¿A qué se refería el terrorista? ¿Que íbamos a morir todos o que nos dejarían en libertad una vez aterrizado el avión? Sin duda esta incertidumbre agudizó aún más, si cabe, su terror. Pensaba en su hijo y en lo mucho que odiaba los aviones.

–Escúcheme atentamente–dijo la mujer del bote de explosivo al comandante– El avión ha sufrido un boicot en uno de sus motores por parte de otro compañero de mi organización, y esto que ve en mi mano es un explosivo líquido que haré estallar si alguno se le ocurre cometer una estupidez. Mi compañero no dudará, además, de ejecutar en el acto a quien sea. Así que lo más sensato por su parte es que siga mis indicaciones al pie de la letra. Le advierto que el motor no durará mucho en ese estado, y este avión sólo dispone de dos, sabiendo esto me imagino que no le hará ninguna gracia tener que completar el resto del trayecto con sólo uno en funcionamiento.

El comandante asentía en silencio a las palabras de la terrorista. Su gesto era de extrema seriedad, y cuando escuchó “uno de los motores ha sufrido un boicot” le cambió el semblante. Sabía que los ruidos anteriores se debían a ello, además de haber comprobado en los instrumentos del avión que algo no iba bien. Perdía potencia y parecía que una de las aspas de la turbina no andaba del todo bien. Emitía un seco y fuerte ruido, como si estuviera descolgada o a punto de descolgarse.

–Y ahora quiero que me diga qué hacía aquí un agente de policía armado y cómo y porqué pudo reconocer a mi compañero– espetó la mujer al piloto.

–Ehh.., bueno…, según me indicaron en tierra un agente de policía nos acompañaría en este vuelo. No sabía que iba armado, y nos dijeron, además, que si detectábamos cualquier anomalía, ya fuera en el pasaje o de alguna avería en los instrumentos, se lo comunicáramos inmediatamente. Es todo lo que sé.– dijo con evidente nerviosismo el comandante.

–Además una de las azafatas sospechó de su compañero, me lo comunicó y mi copiloto fue a avisar al policía. Por precaución. Eso eran las indicaciones que teníamos, como antes le dije. Pero ahora puedo comprobar que la compañerar estaba en lo cierto con sus sospechas– añadió el piloto.

En los últimos tiempos, los Servicios Secretos españoles habían detectado movimiento por parte de terroristas magrebíes en España. Además, según informes de otras agencias de seguridad, cabía el riesgo y la sospecha de un atentado o el secuestro de avión en la península, ya que habían interceptado varios correos electrónicos con mensajes cifrados a unas redes de terroristas islámicos detenidos hace algunas semanas. Las Autoridades, a parte de extremar las medidas en aeropuertos y estaciones de tren, decidieron meter en cada avión que saliera de España a un agente de incógnito y armado por si su intervención se hacía necesaria.

A Duarte lo que antes eran perlas de sudor ahora se le habían tornado en chorros que corrían por su frente y sienes empapándole el cuello de la camisa. Estaba a punto del colapso, y se le había acabado el agua. Su lengua estaba seca del todo. Se juró, si salía de ésta, que era la última vez que tomaba un vuelo…..


Categorías:Relatos
  1. Lluna Plena
    03/11/2010 a las 20:50 | #1

    Hay 3ª parte??

    • 03/11/2010 a las 21:47 | #2

      Sí, jajaja. Se me está alargando un poco más de lo que pensaba.
      Un saludo.

      • Lluna Plena
        03/12/2010 a las 0:25 | #3

        Tú a tu ritmo.Una pregunta.

        Porque tengo el avatar verde y más feo que picio,como me lo cambio,si es que puedo?

  2. 03/12/2010 a las 6:31 | #4

    Ahh, son avatares que genera la plantilla de WordPress. Creo que no se pueden cambiar por uno mismo. De todas formas lo miraré.

    Un beso.

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