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Eso que fue azul y verde


Pudimos acceder a aquella gigantesca cueva por un pequeño agujero que, casualmente, vimos cuando dábamos una pasada por la zona que explorábamos. Llegamos a aquel lugar de forma fortuita ya que nuestro transporte sufrió una pequeña avería.  El Capitán decidió parar y ordenar que tres o cuatro de la tripulación, entre los que me encontraba, formáramos una pequeña expedición para echar un vistazo a ese simulación de portezuela horadada en la roca.

Por el material que cargábamos –luces, oxígeno, herramientas, cámaras, etc.— pudimos pasar a duras penas por ese angosto agujero. Primero por la oquedad y luego por un estrecho pasadizo, a modo de túnel, que conectaba a una inmensa gruta. Uno a uno fuimos pasando. Primero fue el Capitán y, siguiendo sus pasos, el resto. Un espacio húmedo y frío a oscuras y un silencio sepulcral fue lo primero que nos encontramos. Al instante encendimos nuestras antorchas autónomas para iluminar la estancia y por fin pudimos contemplar la morfología de tan majestuoso lugar.

Era  una especie de bóveda chorreada de estalactitas que por su tamaño debían tener millones de años. El suelo era de idéntico perfil. Resultó ser impresionante la visión que tuvimos de las luces proyectando sombras entre los recovecos de las estalactitas y estalagmitas. Semejante a fantasmas en movimiento y a seres ocultos tras la escarpada orografía del lugar. Uno de los hombres gritó unas palabras y su eco se repitió hasta que solo oímos un pequeño susurro que moría en cualquier de los rincones de la cueva. Jamás habíamos contemplado tal espectáculo en lugar tan desolado y muerto como el que explorábamos.

Con unas escalas que llevábamos en el equipo pudimos bajar hasta poder adentrarnos mucho más en la gruta. Quería el Capitán contemplar desde abajo esa cúpula erizada. Una vez descendimos, nuestras luces daban un aire diferente al que daban cuando estábamos en la entrada. Ahora las sombras se proyectaban de forma perpendicular y la imagen, si cabe, era aún más fantasmal. Más estremecedora. Parecía un mundo dentro de otro. Un lugar en el que la luz y la vida tenían prohibidos su acceso. Al menos de forma permanente.

Después de que inspeccionáramos por separado la gruta, uno de los miembros del grupo se acercó con un objeto en la mano. Era como una especie de receptor muy antiguo. Quizás un elemento de época remota. Estaba muy deteriorado, y ni siquiera conservaba lo que sería su forma original: estaba cubierto de mugre y resquebrajado.  El Capitán nos dijo que miráramos bien a ver si por casualidad hubiera más objetos como ese. Así lo hicimos y en seguida encontramos más. Había ropa. Armas. Unas armas con un mecanismo de lo más rudimentario, pero que en seguida reconocimos. Tenían ese olor a metal viejo tan característico de estos artilugios cuando el tiempo y la humedad hacen mella en ellos.

Encontramos también elementos de metal quizás destinados para cocinar alimentos. Vimos además muchos libros y papeles manuscritos, desperdigados por toda la zona pero demasiado maltratados por el tiempo como para que se pudiera leer lo que en ellos había escrito. También un reloj de los de funcionamiento mecánico, igual de arcaico que el resto de objetos, y ropajes de un tejido que no llegamos a reconocer ninguno de los miembros del equipo. Encontramos muchos más objetos que sin duda pertenecieron a seres que pasaron mucho tiempo recluidos en esta gruta.

Pero lo que más nos sorprendió fueron unos dibujos hechos en la pared de la cueva. Habían formas humanoides, edificios y árboles ardiendo. En una de estas representaciones distinguimos también lo que pudiera ser una especie de aparatos voladores, con unas alas inmensas que parecía alejarse, huir de la destrucción a la que sucumbía el resto de la escena. Aparecía también un cielo desolado, arrasado. Y territorios enteros sin nada. Áridos. Desiertos extensos en los que aparecía desperdigados seres que no llegamos a reconocer. Esos dibujos mostraban un panorama desolador. Seres huyendo. Ahogándose y muertos, muchos muertos.

Todos contemplábamos, en silencio y con gran interés, los dibujos. Eran como un testamento. Una crónica indeleble para que alguien la contemplara en un futuro. Para que quedara constancia de lo que a este ser o seres que aquí habitaron, los llevó a pasar aquí algún tiempo, o quizás la eternidad.

Después de mirar uno a uno los dibujos y todo lo que en ello se comunicaba decidimos tomar  fotografías de ellos. Conservarlas para mostrarlas a nuestro regreso. Eso debía de ser algo antiquísimo que, sin duda, los demás deberían contemplar. El Capitán las copiaba con su cámara y el resto nos dedicamos a guardar, uno a uno, en bolsas los objetos que hallábamos.

De repente un grito de uno de nuestros hombres nos hizo desviar a todos la atención hacia donde se encontraba. Hizo un movimiento leve con la cabeza para que nos acercáramos. Cuando todos estábamos a su lado nos mostró su reciente descubrimiento: eran huesos. Esqueletos completos y perfectamente conservados de, seguramente, los que habían dejado esos objetos y dibujado en las paredes esas escenas. Había unos quince. Se podría deducir, a primera vista, por sus estaturas, que había niños, adultos y quizás algún anciano. No había restos de ropa entre sus huesos ni a su alrededor. Debieron morir desnudos. Sin duda algo les impulsó a recibir su final sin más abrigo que el de su propia piel. Y por su postura final deducimos que debieron morir de una forma horrible.

Ahora comprendíamos aquellos rumores o leyendas que se contaban en nuestra tierra. De que en un lugar lejano hubo una civilización, que por ambición e inconciencia asoló su planeta. Lo destruyó hasta que no quedó vida alguna. Hasta que fue imposible vivir un segundo en él. Esas leyendas fueron borradas de todos los libros  y no quedó constancia de ella para que nadie supiera la verdad. La verdad de que nuestro mundo no pertenecía donde ahora morábamos. Procedíamos indudablemente de este lugar.

En las escuelas nos mentían diciéndonos que éramos originarios de la tierra que ahora también estábamos destruyendo poco a poco. Quizás algo parecido a lo que aquí, hace siglos, pasó. Pero todos sabíamos, aunque no estábamos del todo seguro, que nuestros antepasados huyeron de aquí. En busca de un lugar nuevo donde asentarse. Colonizaron el planeta de donde, mis compañeros y yo, habíamos partido en un viaje que nos llevaría a otra galaxia pero que por una desafortunada avería nos llevó a parar en este sitio muerto, triste y apático.

Ahora descubrimos que lo que se contaba era verdad. Este sitio fue arrasado por la indolencia humana y hubo de ser abandonado por los que tenían medios para ello. De esos, nosotros descendemos. Y los que no tuvieron más remedio que quedarse perecieron sin remedio. Quizás estas personas de las que tenemos delante sus restos, tuvieron que esconderse a zonas del subsuelo para intentar paliar los efectos de la destrucción del exterior. Pero al parecer duraron poco más que los que se quedaron fuera.

Esto era la Tierra. El planeta del que todos hablaban pero del que no había constancia en ningún libro de texto. El planeta que se decía que visto desde el exterior era de un azul y verde intenso en tiempos pasados. Y ahora sólo es negro. Dominado por los vientos huracanados y triste. Muerto. Desolado. Estéril para albergar vida sin necesidad de portar oxígeno en una botella y de resguardarse de el terrible calor y vientos que predominan.

Esto era lo que fue destruido por nuestros ancestros. De lo que hoy se sabe que fue nuestro hogar hace miles de años.

Quizás, por muchos lugares que colonicemos. A muchos lugares a los que huyamos acabarán como éste. Porque mi raza es destructiva, ambiciosa e inconsciente. Y eso es precisamente lo que intentan que no sepamos. Que tarde o temprano, de nuevo, tendremos que huir de un planeta asolado.

Categorías:Relatos
  1. Lus
    03/06/2010 a las 19:13 | #1

    Ok. Buen relato.

  2. Lluna Plena
    03/10/2010 a las 0:05 | #2

    Está claro que el ser humano es auto destructivo,y le importa muy poco serlo,porque cree saber que habrán otros planetas a los que ir y volver ha hacer lo mismo que está haciendo con la Tierra.

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