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Archivo para 13 marzo 2010

Vuelo con turbulencias. Parte IV

…..Al-Yahiraq había entrado en la lista de organizaciones terroristas por la puerta grande. En concreto, unos años atrás, atentando contra la vida de un importante diplomático europeo en una visita de éste a Marruecos. No lo mataron, pero sí a muchas de las personas de su comitiva y ciudadanos inocentes que pasaban por el lugar donde explosionó el coche bomba que dispusieron a tal efecto. Con un vídeo difundido en internet, reivindicaban el atentado y dieron a conocer al mundo entero su nombre. Desde entonces habían llevado a cabo varios actos terroristas de gran repercusión en países como Túnez, Libia, Argelia, Egipto, alguno más en Marruecos y, recientemente, daban el salto a Europa. Siempre apuntando a intereses estadounidenses o europeos en países del Magreb. Su ideología era integrista islámica. Y alentaban en sus vídeos y comunicados a todos los musulmanes del mundo a unirse a la Yihad contra los occidentales que pisaran suelo de Alá.

Ahora, con Europa en sus planes, alargaron sus redes para reclutar a más y más participantes de su locura. Como pasó con la terrorista de nuestra historia y con su compañero, que llevaban a cabo su primera misión en el Viejo Continente tras pasar varios meses en uno de los campos de entrenamiento clandestinos de la organización.

Su principal líder era un rico hombre de negocios egipcio. En poco tiempo pasó a formar parte de la lista de terroristas más buscados por el FBI. En su famosa página web se podía ver su foto, y ya se ofrecía la friolera de dos millones de dólares por su cabeza.

Quedaba menos de media hora para que el Mediterranaen 322 llegara al aeropuerto de Ajaccio. Federico Duarte tenía un fuerte dolor en la frente debido al golpe del terrorista y, aunque ya sangraba menos, seguía sujetando un pañuelo sobre la herida que la señora de su izquierda le facilitó. La tensión se podía mascar en el ambiente. El terrorista seguía apuntando y vigilando al pasaje. La mayoría, por miedo a su reacción, guardaba silencio, otros lloraban y los menos daban vueltas en su cabeza la forma de arrebatarle la pistola y hacerse con el control de la situación. Era sólo uno contra sesenta pasajeros y seis azafatas. Algo habría que se pudiera hacer.

En la cabina de pilotos la chica habló un par de veces más con la torre de Ajaccio, esta vez para recibir las indicaciones de aproximación rutinarias. Además alguien del personal de dicho aeropuerto se comunicó con ellos para conocer la naturaleza de la avería. En este caso habló el copiloto del vuelo. Tras unas breves indicaciones cortaron la comunicación hasta las siguientes instrucciones para el aterrizaje. El comandante volvió a insistir en la dificultad de que los dejaran despegar sabiendo que el avión estaba secuestrado. Además le repitió que el motor no resistiría, en un intento más de disuadirla. Ella hizo oídos sordos y siguió a los suyo, maquinando en su mente lo que diría una vez tomado tierra. Sabía que iba a ser complicado, pero había que intentarlo.

Abdul comprobó cuántas balas le quedaban en la pistola. Sabía que, a parte del bulo de la bomba líquida, era la única forma de tener a los secuestrados quietos, la amenaza de un arma y la constancia que había quedado patente antes en que no vacilaría en usarla de nuevo contra quien fuera. Le restaban siete.

Pensaba en lo sucedido en la habitación cuando el policía, una vez detenido y esposado, lo obligó a sentarse en un asiento. Por un momento pensó que todo había acabado y que la misión se podía dar por fallida, pero la suerte le acompañó. El agente, una vez cacheado al sospechoso y vaciado sus bolsillos, colocó la pistola en una pequeña repisa que había en la habitación, sacó las llaves de los grilletes y le abrió uno con la intención de sujetar al detenido de forma que uno de sus brazos pasara por detrás de una barra de metal que cruzaba de izquierda a derecha la pared de la habitación, cerrando de nuevo el grillete sobre la muñeca que ahora quedaba libre por unos momentos. Para tenerlo sujeto al fuselaje del avión. Abdul no se lo pensó dos veces, en cuanto notó que su muñeca derecha quedaba liberada de la atadura del grillete, se levantó a toda prisa, cogió un lápiz que había sacado el agente del bolsillo de su camisa en el cacheo y se lo clavó dos veces en el costado izquierdo. Profundamente y con violencia. El agente se tambaleó, con los ojos muy abiertos, se dirigió a la puerta y Abdul aprovechó para agarrar la pistola y de camino quitarse las esposas de la otra muñeca. Cuando salió al pasillo a rematarlo ya lo vio en el suelo, muerto. Al parecer había tocado algún órgano vital.

En la cabina ahora la chica se fijó en maletín metálico del agente de policía. Con la ilusión de encontrar algún arma más lo abrió mientras advertía a los pilotos, con el bote de líquido azul en la mano, que no hicieran ningún movimiento sospechoso. Dentro del maletín no había ningún arma. Encontró papales y algunas fotografías tomadas, al parecer, con objetivos de larga distancia. En algunas de ellas se podía ver a algunos compañeros más veteranos de su organización. Terroristas buscados y bien conocidos por las agencias de seguridad. Pero se sorprendió al comprobar que no había ninguna de ella ni de Abdul. Lo que la hizo pensar que tal vez aún era desconocida para las autoridades y servicios secretos occidentales. Pero en breve, pensó con una leve mueca de satisfacción, iban a conocerla.

–Mediterranaen 322, aquí Ajaccio tierra. Se encuentran a 16 millas, descienda a 7000 pies y vire a rumbo 211.– cantó la radio.

–Aquí Mediterranaen 322, roger.– respondió la mujer.

El piloto procedió a realizar lo indicado por Ajaccio y comprobó de nuevo los indicadores de temperatura, presión y potencia del motor renqueante. Pudo ver que seguían descendiendo los niveles y aumentando la temperatura. Sabía que era imposible que aguantara un despegue como el que tenía planeado la terrorista que hicieran una vez repostados los depósitos del aparato. Por primera vez, desde que comenzó el secuestro, se planteó el hacer algo. También albergaba la esperanza que las autoridades corsas hicieran algo para salvar las vidas de los integrantes del vuelo.

–Oiganme– dijo la terrorista a los pilotos –ni se les ocurra intentar nada una vez estemos en tierra. Si se portan bien dejaré que bajen algunos pasajeros, sobre todo los dos niños que hay y alguna persona de avanzada edad que he visto. También sopesaré la posibilidad que alguna azafata acompañe a los afortunados. Pero si no veo colaboración por su parte, no saldrá nadie de aquí. Créanme. Y cuando digo colaboración me refiero a que estén calladitos, quietos en sus asientos y que hagan exactamente lo que les pido.

Los dos pilotos asintieron en silencio…….

Categorías:Relatos

In Memorian. Miguel Delibes

Hoy se ha celebrado el funeral de uno de los grandes. Miguel Delibes. El vallisoletano universal. La pluma del cazador.

Miraba la prensa por internet atenta a los muchísimos gestos y condolencias de personas por toda España. Y pensaba que por fin uno de los grandes es enterrado en lor de multitudes. Como debe ser. Como se hacía en la Francia del XIX con sus Victor Hugo, Honoré de Balzac y demás, o en la Inglaterra de la misma época, con sus genios. Concediéndoles merecido homenaje y agradeciéndoles, en su adiós, sus regalos indelebles y eternos en forma de Literatura. Sus genialidades.

Se quejaba Benito Pérez Galdós que en España no se enterraban a los literatos como en otras naciones. Con la pompa que se merecían tales personajes. El suyo, su funeral, el del gran Pérez Galdós, fue como él exigía a los españoles para con los suyos y envidiaba a los extranjeros: las calles de Madrid colapsadas para acompañar al autor de “Episidios Nacionales” a su sepultura. Como se entierra a un grande que fue. Como se hizo en su momento con “El Fénix de los Ingenios” don Félix Lope de Vega y Carpio, al que todos los madrileños dieron su más cálido adiós en recuerdo de sus maravillosas obras que tantas horas hicieron disfrutar a los españoles del siglo XVII en los corrales de comedias. Pero aquí, en España, se fueron en silencio, solos, unas veces por la pobreza, otras por la sinrazón y otras por la ciega incultura en la que este país ha estado sumido tanto tiempo, monstruos de la Literatura como Cervantes, que murió sólo y pobre que ni siquiera tenía para un ataúd, Lorca, Quevedo, etc.. etc..

Uno de los primeros libros que leí en mi vida fue “El Camino” de don Miguel Delibes. Era una niña y en se encontraba, como uno más, en la estantería de mi padre. Me lo leí de cabo a rabo en una tarde de verano. Un libro maravilloso, escrito tal como se habla, o como hablaba Delibes. Desde entonces me aficioné y apasioné por sus obras. Recuerdo “Los Santos Inocentes”, “Cinco Horas con Mario”, “El Hereje” probablemente su obra cumbre, “Mujer de Rojo sobre Fondo Gris”, esa oda y homenaje a su esposa años atrás fallecida.

Decía Reverte que en España sólo quedan dos grandes de verdad de la Literatura vivos: Marsé y Delibes. Y cuanta razón lleva. En tiempos donde los genios escasean hay que reconocer a los privilegiados. A los que de verdad engrandecen el oficio de las letras. Por desgracia, ya sólo nos queda uno.

Pena que no haya disfrutado del más grande reconocimiento de las letras universales. El Nobel. Pero a veces la vida es injusta. Don Miguel lo merecía tanto como otros que sí fueron reconocidos con él.

Descanse en paz. Usted seguirá vivo para siempre en sus obras, en los corazones de los que amamos la Literatura y en sus amados campos de Castilla.

Hasta siempre don Miguel.

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Redes que atrapan: redes sociales

En estos días en los que un buen catarro me mantiene en casa, reposando, he dispuesto de muchas horas para leer, escribir y terminar trabajos atrasados. Además saqué un ratito para echar un vistazo a antiguas cuentas de correo electrónico que tengo sin darle apenas uso. Cuando abrí una de ellas encontré varias supuestas invitaciones enviadas por contactos míos. Gente con la que alguna vez intercambié un mail, ya sea personal o por motivos de trabajo. Estas invitaciones venían de sites tan conocidos como Facebook o Tuenti. En ellas se decía que fulano le invita a participar en el circo de moda de estos tiempos: las redes sociales.

Una se precia de estar al tanto de casi todo lo que se cuece por internet. No quiero parecer presuntuosa, pero es así. Son muchas horas trabajando en este medio y mucha afición, además, a las nuevas tecnologías. Pero hay algo que aún no he probado: crearme una cuenta en Facebook o Tuenti. Sé que hay muchas más, pero parece que en España éstas son las más concurridas.

Hoy en día, entre mis amigos, conocidos, clientes y demás, a parte de facilitarte el número de móvil y el correo electrónico, se ha puesto de moda informar sobre su tuenti o feisbuc. Como si dar ese dato fuera de vital importancia. “Aquí tienes mi teléfono, mi mail, y mis fotos chorra de cuando me pongo borracho, o borracha”. Genial. Ahora, a parte de facilitar unos datos necesarios para estar en comunicación, también parece que queda “cool” ir mostrando tu vida privada, tus pensamientos más rocambolescos y tus juergas con los amigos. Personas que, a primera vista parecen normales y serias, pero en cambio, si por casualidad te da por abrir su link a alguna red social, (mi chico está registrado en ambos y por eso las puedo ver. Soy así de cotilla) te encuentras con el “alma de la fiesta”, el “cuerpo serrano tirado en la playa” o “mi nuevo tanga”…

Y es que las modas, según cuales sean, nos idiotizan. Sí. Muchos supongo que no estarán de acuerdo conmigo. Pero es exactamente lo que pienso de estos inventos que tanto éxito están teniendo. No me negaran, sufridos usuarios de las Redes Sociales, que cuantos más amigos o seguidores, o como se diga, tengan, más populares se creen. ¿Verdad? Aunque sea en la “cibervida”.

Hace un par de días leía una noticia, cuando menos curiosa: el creador de Facebook, ese lumbreras que, a parte de ser el tío más famoso de la red se habrá forrado con el invento, está acusado de hacer un uso indebido de las contraseñas del correo electrónico de gente que le hace la competencia en este campo. Sí, como oyen. El chico, ni corto ni perezoso, presuntamente (que hay que andarse con pies de plomo) ha hurgado en los mails de personas que se registraron en su site (ya hay que ser memo para ser de la “compe”, y registrarse facilitando contraseñas de correos privados). Sé, por lo que he leído y por la información de mi pareja, que te dan la posibilidad de facilitar tu correo, además de la contraseña del mismo, para que el sistema busque entre tus contactos por si alguno estuviera registrado en una de estas redes y avisarle que menganito quiere ser tu amigo. A parte, claro, como me pasó a mi, te envían lo que podríamos considerar spam (información que yo no he solicitado que me envíen), para que no te resistas  más y caigas en sus “redes”, nunca mejor dicho. Sin mi consentimiento.

O sea, que encima, sinvergüenzas, o supuesto sinvergüenza. Supongo que en algún tiempo sabremos si la acusación es fundada o no. Pero con la cuenta corriente que le sospecho al interfecto y el país dónde vive (la Ley reserva sus justicia a los más ricos), saldrá de rositas. Pero esto debería servir de  aviso a navegantes. Sobre eso de dar tu contraseña, tus datos privados y demás alegremente al primero, por muy famosa y seria que parezca la web, que te la pida.

Sé de mucha gente que está enganchado a estos sitios. Pasan horas subiendo fotos, autoviolando su intimidad. Contando y narrando situaciones íntimas. En mi lugar de trabajo se le ha tenido que llamar al orden a varias personas por pasar demasiado tiempo, o perder demasiado el tiempo, en horas en las que deberían estar haciendo otras cosas, por ejemplo trabajar. Los seres humanos cada vez somos más animales de modas. Cada vez somos más víctimas de las oleadas de tonterías que se sirven en internet o en televisión. Y esto es peligroso. A parte, repito, de mostrar tu intimidad a todo el mundo, tiene el riesgo de ser adictivo. Como ya está pasando.

No critico a la gente que usa estas redes, dios me libre, sí lo hago a la facilidad del ser humano de dejarse atrapar. Vivimos tiempos en los que la intimidad y la protección de tus datos es fundamental, pero irónicamente, son tiempos en los que cada vez ponemos más fácil y accesible nuestros secretos al primero que quiera conocerlos. Por eso de ser popular en la red y andar a la moda.

Yo, a riesgo de parecer una antigua, seguiré facilitando a amigos y clientes mi móvil y mail, pero si quieren un faisbuk o un tuenti para verme en bikini en la playa van listos! Me puede esperar sentado mi primo, el Mark Zuckerberg, el lumbreras de Harvard, a que le de el gusto de verme creando una cuenta en su güeb.

Categorías:Opinión

Vuelo con turbulencias. Parte III

….. La terrorista, de origen sirio, había sido reclutada por un grupo de integristas islámicos del Magreb. Algunos miembros de la red no eran de la opinión de acoger a una mujer en su organización, pero el jefe aducía cuestiones de peso para su decisión. Entre otras la de que una mujer les vendría bien, ya que no es habitual ver una formando parte de un grupo terrorista islámico. Además por su pelo castaño y sus ojos verde oscuro pasaría totalmente desapercibida en Europa. La usarían como comodín, para no levantar demasiadas sospechas en los aeropuertos, o allá donde se requiera su actuación.

Una vez había hablado con el comandante del vuelo se apoyó contra su asiento. Con su mano derecha seguía agarrando el bote con el líquido azul. El que había dicho que era un potente explosivo líquido. No era más que acetona para retirar el esmalte de uñas. Pero qué iban a saber unos pasajeros atemorizados. Tal como estaba la cosa era casi imposible colar por la aduana ningún arma, y mucho menos un explosivo. Demasiado arriesgado. Además tenía la certeza de que nadie dudaría de su palabra. La psicología del miedo era un arma que dominaba a la perfección. Sabía que todos creerían en su amenaza. También mintió sobre lo del boicot al motor del aparato. El ruido fuerte y seco del mismo le vino de perlas para hacer más creíble el asunto. Era cierto que uno de los motores estaba averiado y empezaba a fallar, pero ella, con algún conocimiento de aeronáutica adquirido en los campos de entrenamiento de los terroristas, sabía que era un ruido inequívoco. Decidió lanzar un farol al comandante y éste le salió a pedir de boca. Ahora la situación parecía controlada. Su compañero, inexplicablemente, se había deshecho del policía y había conseguido un arma. Una amenaza real, un arma, no como el acetona, una amenaza que perdería su efecto en cuanto algún pasajero decidiera tensar la cuerda. Por suerte, aunque aún no sabe cómo Abdul pudo zafarse del poli, tenían un arma de las de verdad. El plan iba viento en popa, aunque no esperaban lo del policía entre el pasaje, pero eso ya era un asunto solucionado. En poco tiempo todo habría acabado.

Acto seguido le dijo a su compañero que vigilara a todo el pasaje y a las azafatas. Mientras indicó al comandante que le guiara hasta la cabina del piloto. Tenía unas indicaciones que darle. Éste asintió y se dio media vuelta con la intención de encaminarse a su puesto. Ella, con paso firme y decidido, le agarró por el brazo, lo hizo girar, y mirándole fijamente a los ojos le espetó:

–Si no hace exactamente lo que le digo, mi compañero irá ejecutando a un pasajero por cada vez que le tenga que repetir una orden. Y, por supuesto, si intenta alguna artimaña haré estallar esto– y le mostró el bote con el líquido azul.

–De acuerdo– contestó visiblemente acongojado el piloto.

–Pues ahora andando. Hay un cambio de planes en la ruta del vuelo– dijo la terrorista.

Una vez llegados a la cabina, el copiloto miró a la chica con una evidente mueca de sorpresa. No sabía mucho de lo que estaba ocurriendo fuera, ya que se quedó en la cabina pendiente de la navegación del aparato. Su compañero le miró a los ojos y con un gesto de negativa le hizo entender que no dijera nada. El comandante tomó asiento y la terrorista se puso entre medio de los dos.

–Ahora ya no vamos a Copenhague. Nos dirigimos a Argelia.– indicó la mujer.

–Pe.., pero, no tenemos suficiente combustible para llegar hasta allí. Estamos sobre Francia y cambiar el rumbo para dirigirnos al norte de África sería un suicidio. No llegaremos nunca.– indicó el piloto.

–No se preocupe. Es un viaje con escalas. Cambie el rumbo hacia Córcega. Allí nos llenarán los depósitos. Y desde este momento nada de indicaciones por la radio. Notarán su cambio de rumbo y se lo harán saber desde los controles en tierra. Pero no conteste. Guarde silencio y haga todo lo que le digo. Si alguien tiene que hablar lo haré yo.– espetó la chica.

–Esto es una locura, no dejarán que tomemos en Córcega. Además el motor no sé si resistirá mucho más. Los indicadores muestran que ha perdido mucha potencia y presión de líquidos hidráulicos. También he de decirle que comuniqué a tierra sobre la avería y tenemos previsto tomar, por la emergencia, en el aeropuerto de Toulouse. Que es el que tenemos más cerca– dijo el copiloto.

–Ya lo creo que sí nos dejarán tomar tierra. Con sesenta pasajeros y ocho miembros de la tripulación amenazados de muerte le dejaría aterrizar hasta en el mismísimo JFK de New York. Y no se preocupe por el motor. Si deja de funcionar ya veremos qué hacemos entonces.– respondió.

Tras esto el comandante comprobó su posición, sacó sus cartas de navegación y trazó el nuevo rumbo. Hizo virar el aparato.

Duarte estaba viviendo uno de los peores momentos de su vida. En el suelo había dos cadáveres. Un tipo con cara de pocos amigos empuñaba una pistola, una tía decía portar una potente bomba en forma líquida y, para más inri, tras mirar por la ventanilla, vio como el aparato cambiaba su rumbo. Era evidente que ya no iban a Dinamarca. Además el ruido hacía presencia cada vez con mayor asiduidad. Estaba seguro que si salía de ésta sería con mucha suerte. Agarró su talismán de nuevo, lo apretó fuertemente con sus dedos y se encomendó a él.

La radio de cabina crepito:

–Mediterranaen 322, aquí torre de control de Toulouse. Se ha desviado de su rumbo. Vire a la izquierda, rumbo 301 y descienda a 13.000 pies. Espere instrucciones para la aproximación de Toulouse tierra.

–No conteste. Haga caso omiso.– le dijo la terrorista.

El aparato se dirigía a la isla de Córcega, dirección al aeropuerto de Ajaccio, la capital corsa.

–¿Qué piensa decir en Córcega para que nos dejen tomar tierra, nos llenen los depósitos y nos permitan despegar?– preguntó el copiloto a la mujer.

–No se preocupe por eso. Yo tengo la sartén por el mango, no ellos. Harán lo que yo les diga.– contestó la chica.

El compañero de la terrorista vigilaba al pasaje y a las azafatas empuñando la pistola. Se había colocado a la cabeza de los asientos, y había hecho que las azafatas se pusieran entre los pasajeros, para tenerlos a todos controlados. Nadie se movía y todos miraban al tipo que les apuntaba con un arma. Duarte estaba rezando en silencio. De naturaleza aprensiva nunca llevó muy bien los sobresaltos. Por contra, la señora que tenía a su lado parecía tranquila. No había abierto la boca en todo el trayecto, ni ante los dos muertes movió un solo músculo de su boca. Guardó un estricto silencio. Solo parecía murmurar alguna plegaria, pero en un idioma que Duarte no entendía.

En la cabina la radio volvió a sonar de nuevo:

–Mediterranaen 322, aquí Toulouse tierra ¿me recibe?– dijo la voz enlatada.

El piloto y el copiloto no contestaron siguiendo las indicaciones de la terrorista.

–¿Cuánto queda para llegar a Córcega?– preguntó ésta.

–Algo más de una hora– dijo el comandante.

–¿Qué combustible tenemos?– volvió a preguntar.

–Más o menos la mitad.– añadió.

–Está bien. Sintonice la frecuencia de radio de la torre de Ajaccio. Voy a comunicarme con ellos.

El copiloto, tras consultar sus cartas sintonizó la frecuencia exigida por la terrorista. Ésta le quitó sus cascos y se los colocó en la cabeza.

–Ajaccio torre, Ajaccio torre. Aquí Mediterranaen 322. ¿Me recibe?…

–Puede que aún no estemos en el alcance de su frecuencia. Debería esperar un poco.– le comunicó el piloto.

–Puede ser– dijo la chica con gesto contrariado lanzando los casos sobre el panel de mandos.

El ruido del motor volvió. El comandante consultó los instrumentos y comunicó a su segundo que seguía perdiendo presión en el hidráulico y la potencia era muy baja. Y ahora, además, su temperatura estaba por encima de la recomendada.

–Oígame, esto es una locura. El motor se va a parar de un momento a otro. Como puede comprobar en estos indicadores, se está sobrecalentando y pierde hidráulico. No llegaremos a Ajaccio. No creo que aguante mucho más. Deberíamos volver a Toulouse y tomar tierra. Sería lo más aconsejable– dijo el comandante con evidente gesto de preocupación.

–Además si sufriera cualquier tipo de explosión….

La terrorista pareció sopesar las noticias que le daba el piloto sobre el estado del motor. No entraba en sus planes una avería tan grave, aunque la hubiera usado como artimaña para convencer de la gravedad del secuestro a sus rehenes. Tras unos segundos de silencio les dijo que continuara adelante. Si caemos al mar dará lo mismo. Ha venido aquí ha cumplir una misión e intentará completarla aunque en ello se le vaya la vida.

De nuevo se colocó los cascos y repitió las mismas palabras que antes con la esperanza que ya pudiera comunicarse con Ajaccio. Esta vez se escuchó un siseo y una voz dio paso:

–Aquí Ajaccio torre.– dijo la voz.

–Mediterranaen 322 solicita permiso para aterrizar– dijo la chica

–Mediterranaen 322, lo tengo en mi panel, pero su plan de vuelo no está en monitor y no estaba prevista su llegada. ¿Tiene alguna emergencia?– dijo el controlador corso.

–Ajaccio torre, afirmativo. Volamos con un motor en mal estado y solicitamos la toma de emergencia en su aeropuerto.– añadió la terrorista.

–Mediterranaen 322, stand by.– comunicó.

Tras unos segundos la radio escupió la voz del controlador:

–Mediterranaen 322. Según mis indicaciones tienen la misma instrucción por parte de Toulouse torre. ¿Por qué se han desviado? Además están intentando comunicarse con usted y no da señales de vida. Mi superior me indica que aclare este punto.

–Ajaccio torre, ha sido un error de los instrumentos de navegación. Parece que nos hemos desviado…, sí. Y la radio no funciona bien tampoco.– contestó la mujer.

–De acuerdo. Por ser una emergencia grave le daremos paso. Vire rumbo 122 y descienda a 10000 pies. Espere indicaciones de Ajaccio tierra. Sintonice la fecuencia 124.550 en su COM2.

–Roger.– terminó la comunicación la chica.

–¿Ven qué fácil?– le dijo a los pilotos. –Ahora solo queda tomar y pedir combustible. Entonces sí tendré que comunicar mi verdadera intención y el secuestro de la aeronave. Pero de momento iremos ganando tiempo.– espetó.

Los pilotos guardaron silencio. La chica le devolvió los cascos al copiloto y se sentó. Mientras en la zona de pasajeros su compañero tuvo que golpear con su arma a uno de los miembros del pasaje. Era Federico Duarte, había pedido agua, no aguantaba más la sed y el terrorista, sin mediar palabra, le dio un fuerte golpe en la frente por haberse levantado de su asiento. Ahora tenía una brecha ostensible y sangraba abundantemente.

Parece, según pensó, que ni su talismán le sacaría de ésta………

Categorías:Relatos

Firmin. Sam Savage

Hoy les quiero traer a escena un libro que leí recientemente: Firmin, de Sam Savage.

Firmin es una rata común. De esas que viven en las cloacas. Las que buscan en la basura y pululan por los sitios más sucios de nuestras ciudades. Pero Firmin no es una rata cualquiera. Sabe leer. Sí. Aprendió tras comerse las hojas de los libros que le servían como nido cuando nació. Se crió en una vieja librería. Allí es donde su madre parió a él y sus hermanos, y allí es donde vivió nuestro protagonista.

Desde sus ojillos curiosos contempla todo un mundo de humanos al que le gustaría pertenecer. Adora a los humanos y su capacidad de comunicarse. Carga con humor irónico todas sus reflexiones y vive inmerso en un océano de libros. De clásicos. Lee ávidamente, como si cada libro fuera el último que leerá en su vida. Y adora al dueño de la tienda donde vive. Lo espía. Sufre con él en silencio sus desdichas. Lo admira. Firmin siente y padece como un humano. Pero él sabe que no es más que una rata que sabe leer y le gusta el cine. Que solo recibirá gestos de repugnancia y rechazo por parte de sus adorados humanos.

Firmin es una obra excelente. Escrita con una prosa culta y elegante. Sam Savage, del que antes de Firmin había leído su “El Lamento del Perezoso”, sigue sorprendiéndome. No es un autor a la usanza. Hasta ahora las dos novelas que ha publicado se distinguen por ser diferentes. Una bocanada de aire puro y fresco en este universo literario donde tanto mediocre campa a sus anchas con obras facilonas que copan las listas de best-sellers.

Firmin es un canto y un  homenaje a la Literatura. A la pasión por los libros y por leer. Además muestra el autor un humor fino, inteligente, que hace uso de él para aderezar una, ya de por sí, magnífica muestra.

Después de leerlo tengo una visión diferente de las ratas. A lo mejor, si algún día ves a una por la calle, quizás, sepa leer. Quién sabe….

Categorías:Libros

Vuelo con turbulencias. Parte II

……Duarte quitó el tapón de la botella de agua y la apuró hasta vaciarla, tenía la lengua seca, estaba sudando y cada vez tenía más ganas de tomar tierra en su destino.La señora que tenía a su izquierda se despertó cuando el agente detuvo al sospechoso. Ahora hacía ostensibles gestos de incomodidad. Miraba a un lado y al otro, sin reparar demasiado en Duarte. Éste le hizo un comentario sobre lo ocurrido y ella pareció no escucharlo.

El policía hizo acto de presencia de nuevo. Uno de los faldones de su camisa lo llevaba fuera, y su pulcro peinado a gomina ahora se mostraba algo revuelto. En sus ojos se podía leer que algo iba mal. Dio unos titubeantes pasos, se detuvo y llevó la mano a su costado izquierdo. Hizo una mueca de dolor y cayó de bruces al suelo. Algunas personas empezaron a gritar. Otros abandonaron sus asientos para atender al agente. Por el tipo de herida parecía que le hubiesen clavado algo punzante. En medio del desconcierto una voz femenina, desde el fondo, con un raro acento, mandó a callar a todo el pasaje y los conminó a volver a sus asientos. Acto seguido, el individuo anteriormente detenido salió por la puerta del fondo, con cara de pocos amigos y portando la pistola del policía con gesto amenazador. Y sin los grilletes sujetando sus muñecas.

–Si nadie se mueve, hacen lo que se les dice y guardan silencio, no habrá más muertes– dijo éste con el mismo acento que la chica que antes mandó a callar a todos.

Una de las azafatas salió de su lugar, se paró en seco al ver al tipo de la pistola y ahogó un grito con las manos. Éste la encañonó y le dijo que se quedara quieta. Mientras, la chica del fondo, salió de su asiento, y en medio del pasillo pareció portar un pequeño  bote con un líquido azul claro. Era de cristal, no mayor que un frasco de perfume. Lo levantó por encima de su cabeza:

–Esto que ven, señores, es un potente explosivo. Sólo tengo que agitarlo con la debida fuerza para que todo el avión quede hecho pedazos. Así que les advierto que nadie intente hacerse el héroe o acabaremos todos muertos– dijo mientras giraba sobre sus pies para comprobar que todos la atendían.

Duarte creía que le iba a dar un infarto. Agarró con todas sus fuerzas el talismán y su respiración se aceleró. La señora de su izquierda asistía impertérrita a toda la escena, con cara de incredulidad y murmurando, por lo bajo, unas plegarias.

De repente el ruido empezó a sonar de nuevo. Sin pausa y tan fuerte como la última vez. El avión dio una sacudida. La azafata, la cual seguía siendo encañonada, mantuvo el equilibrio a duras penas, mientras el terrorista se sujetaba a uno de los reposacabezas de los asientos para no caer. Aprovechando el desconcierto, uno de los pasajeros se levantó, dio un pequeño salto para sortear a su acompañante y se dirigió al terrorista con claras intenciones de reducirlo. Éste se giró, y sin pensárselo dos veces le asestó un tiro a quemarropa en el abdomen.  El osado pasajero cayó fulminado. La gente empezó a gritar de nuevo, y la chica del fondo mandó a callar, esta vez mucho más enérgicamente y levantando el botecito de nuevo en alto.

–¿¡Quieren morir todos!? ¿¡Qué les había advertido antes!?– dijo con evidente ira.

–¿Está muerto, Abdul?– preguntó al tipo de la pistola señalando con la barbilla al pasajero tendido en medio del pasillo.

–Creo que sí– apuntó éste.

–Pues compruébalo. Y también al poli– ordenó la chica.

Por el ruido del disparo algunas azafatas más salieron, y una de ellas estuvo estuvo a punto de desmayarse al ver a los dos cadáveres rodeados de un charco de sangre que empapaba con viscoso brillo la moqueta del suelo.

El terrorista les indicó que guardaran silencio y se colocaran al lado de su compañera. La mujer del bote ordenó a una de ellas que llamara por el interfono a uno de los pilotos y que éste se presentara inmediatamente en el pasillo de asientos. La chica lo hizo, y unos segundos después el comandante de la aeronave apareció.

Miraba con ojos muy abiertos la escena, y evidente incredulidad. El tipo de la pistola le apuntó ahora a él y le comunicó que el avión estaba secuestrado por Al-Yahiraq. Que si hace lo que le indica todo habrá acabado pronto.

A Duarte ese “todo habrá acabado pronto” le puso los vellos de punta. ¿A qué se refería el terrorista? ¿Que íbamos a morir todos o que nos dejarían en libertad una vez aterrizado el avión? Sin duda esta incertidumbre agudizó aún más, si cabe, su terror. Pensaba en su hijo y en lo mucho que odiaba los aviones.

–Escúcheme atentamente–dijo la mujer del bote de explosivo al comandante– El avión ha sufrido un boicot en uno de sus motores por parte de otro compañero de mi organización, y esto que ve en mi mano es un explosivo líquido que haré estallar si alguno se le ocurre cometer una estupidez. Mi compañero no dudará, además, de ejecutar en el acto a quien sea. Así que lo más sensato por su parte es que siga mis indicaciones al pie de la letra. Le advierto que el motor no durará mucho en ese estado, y este avión sólo dispone de dos, sabiendo esto me imagino que no le hará ninguna gracia tener que completar el resto del trayecto con sólo uno en funcionamiento.

El comandante asentía en silencio a las palabras de la terrorista. Su gesto era de extrema seriedad, y cuando escuchó “uno de los motores ha sufrido un boicot” le cambió el semblante. Sabía que los ruidos anteriores se debían a ello, además de haber comprobado en los instrumentos del avión que algo no iba bien. Perdía potencia y parecía que una de las aspas de la turbina no andaba del todo bien. Emitía un seco y fuerte ruido, como si estuviera descolgada o a punto de descolgarse.

–Y ahora quiero que me diga qué hacía aquí un agente de policía armado y cómo y porqué pudo reconocer a mi compañero– espetó la mujer al piloto.

–Ehh.., bueno…, según me indicaron en tierra un agente de policía nos acompañaría en este vuelo. No sabía que iba armado, y nos dijeron, además, que si detectábamos cualquier anomalía, ya fuera en el pasaje o de alguna avería en los instrumentos, se lo comunicáramos inmediatamente. Es todo lo que sé.– dijo con evidente nerviosismo el comandante.

–Además una de las azafatas sospechó de su compañero, me lo comunicó y mi copiloto fue a avisar al policía. Por precaución. Eso eran las indicaciones que teníamos, como antes le dije. Pero ahora puedo comprobar que la compañerar estaba en lo cierto con sus sospechas– añadió el piloto.

En los últimos tiempos, los Servicios Secretos españoles habían detectado movimiento por parte de terroristas magrebíes en España. Además, según informes de otras agencias de seguridad, cabía el riesgo y la sospecha de un atentado o el secuestro de avión en la península, ya que habían interceptado varios correos electrónicos con mensajes cifrados a unas redes de terroristas islámicos detenidos hace algunas semanas. Las Autoridades, a parte de extremar las medidas en aeropuertos y estaciones de tren, decidieron meter en cada avión que saliera de España a un agente de incógnito y armado por si su intervención se hacía necesaria.

A Duarte lo que antes eran perlas de sudor ahora se le habían tornado en chorros que corrían por su frente y sienes empapándole el cuello de la camisa. Estaba a punto del colapso, y se le había acabado el agua. Su lengua estaba seca del todo. Se juró, si salía de ésta, que era la última vez que tomaba un vuelo…..


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Vuelo con turbulencias. Parte I

El vuelo Mediterranaen 223 discurría con normalidad. A 25.000 pies de altura se podían contemplar los picos de los Pirineos en toda su majestuosidad. A la derecha de Federico Duarte, a través de su ventanilla, se veía un manto blanco que cubría la escarpada cordillera y reflejaba una cegadora luz. El cielo era de un azul intenso.

Desde su salida del aeropuerto de Barajas en Madrid, manoseaba su talismán. Nunca le gustó volar, y menos aún si el vuelo tenía previsto que durara unas cuatro horas. Demasiado para él. Su talismán, como le gustaba llamarlo, era una especie de raíz seca atada a un cordel de cuero muy curtido. Lo compró en un mercado de Túnez, hace años, y desde entonces lo lleva colgado al cuello. Le trae suerte, o eso es lo que Duarte piensa. Y cuando se siente nervioso o amenazado, su mano lo agarra instintivamente, como un niño asiendo la mano protectora de su madre.

Por los altavoces una voz anunciaba que estaban sobrevolando la frontera entre España y Francia, y que aún restaban unas tres horas hasta llegar a su destino, Copenhague.Unas leves turbulencias agudizaron la aprensión de Duarte, el cual soltó la botellita de agua, con la que aliviaba la sequedad de la lengua, para asir de nuevo su talismán. Lo estaba pasando realmente mal. A su lado tenía una señora de edad madura que se quedó dormida poco después de despegar de Madrid. Así que no tuvo nadie con el que conversar durante el vuelo, algo que hacía para paliar el nerviosismo y hacer más corto su particular calvario.

Lo que le hizo separar la mirada de la ventanilla fue un ruido seco y fuerte que vino de la zona destinada a la tripulación. De pronto una puerta se abrió y salió una azafata visiblemente contrariada y con prisas por alcanzar la cabina de los pilotos. Duarte, fijó la mirada en la espalda de la chica, que avanzaba apresuradamente hacia su destino. Si volar le gustaba poco, menos gracia le hacía ver que algún miembro de la tripulación con cara de haber problemas. De nuevo la ya familiar voz femenina del altavoz crepitó, esta vez para advertir al pasaje que por favor se quedasen en sus asientos y se colocasen los cinturones. Unas turbulencias se avecinaban y sólo era por una cuestión de seguridad. Duarte se dispuso presto a acatar la orden y se lo ajustó tanto como pudo. Una pequeñas perlas de sudor junto con unos surcos aprensivos cruzaban su frente.

De nuevo la azafata volvió a su puesto, esta vez de frente y con la misma cara de pocos amigos. Pareció como si buscara a alguien con la mirada entre los pasajeros mientras caminaba. Durante unos segundos movió sus ojos escrutadores acá y allá, hasta que de repente los detuvo, fijándolos en un punto entre los asientos, unos segundos, para dejar de mirar, darse la vuelta y desparecer, de nuevo, por la puertecita.

Ahora el ruido volvió a escucharse de nuevo, esta vez considerablemente más fuerte y repitiéndose un par de veces. Duarte no pudo evitar dar un respingo y estirar el cuello para poder mirar de nuevo por el pasillo. Esta vez la azafata no salió, pero uno de los pilotos sí lo hizo de la cabina y, con paso ligero, recorrió todo el pasillo de asientos hasta el final, donde había otra puerta que comunicaba con una pequeña estancia levemente iluminada. Duarte siguió todos estos movimientos del piloto con la mirada primero, y luego girando el cuello para averiguar a dónde se dirigía.

Asistía preocupado a todo esto. Primero el ruido, luego la azafata, luego el ruido de nuevo, y más tarde el piloto y su caminar apresurado.

Si hubiera dispuesto del tiempo suficiente, pensaba, no estaría volando, sino haciendo el trayecto entre Madrid y Copenhague en tren, que es como más seguro le parecía viajar. Pero era un hombre ocupado y con una apretada agenda, necesitaba estar hoy mismo con los pies puesto en la capital danesa  para cerrar un importante contrato, y no había más remedio que montar en su odiado pájarraco metálico, que es como solía llamar a los aviones.

De nuevo el piloto apareció. Esta vez lo hacía acompañado por un hombre de mediana edad, con gafas y vestido con aparente buen gusto. Llevaba traje y corbata, de buena marca, e iba peinado con mucha gomina. Los dos atravesaron todo el pasillo hasta la cabina de pilotos. Uno detrás del otro. El hombre que acompañaba al miembro de la tripulación llevaba una especie de maletín metálico en la mano, y unos grilletes enganchados a su muñeca por un extremo, y el otro al asa del maletín.

El ruido volvió, esta vez mucho más fuerte que las veces anteriores. El resto del pasaje lo pudo oír nítidamente, lo cual despertó su atención. Ahora se podía escuchar un leve murmullo de preocupación y muchas cabezas se vieron asomar por encima de los asientos con ojos de curiosidad.  Buscaban el origen del ruido y se preguntaban qué era eso.

La voz volvió a entrar en escena y anunciaba, con tono aparentemente tranquilo, que las turbulencias seguirán, así que por favor continúen en sus asientos y con los cinturones de seguridad puestos.

Duarte sospechaba que algo no iba bien. Su miedo a volar lo hizo desarrollar un sexto sentido para los problemas, quizás por sugestión o tal vez porque el miedo haga que los sentidos se pongan en guardia y estén pendiente a todo. Él sabía que estaba en lo cierto, y lo del cinturón por las turbulencias no era más que una mentira tranquilizadora. Estaba seguro.

Una de las azafatas se paseó entre los asientos, con una cara de tranquilidad fingida. Se le veía a leguas que no era buena actriz, y Duarte la miró fijamente. Estuvo a punto de pararla para preguntarle si todo iba bien, pero de pronto el ruido volvió, esta vez tan fuerte como antes y como una ráfaga, ra-ta-ta-ta-ta-ta. Lo que hizo que la azafata cambiara su semblante y desandara sus pasos para volver a su dependencia. El tipo de traje volvió, esta vez sin el maletín y sin su americana. Iba en mangas de camisa, remangadas. De repente el tipo misterioso miró con cara de pocos amigos al pasaje. Fijó su vista unos asientos detrás de Duarte. Su brazo se extendió con una pistola en la mano. Apuntaba hacia uno de los pasajeros:

–Quítese el cinturón, levante las manos y póngase en pie lentamente– dijo con voz rotunda y autoritaria a la persona a la que apuntaba.

–Señores pasajeros no se asusten. Soy agente de la Policía Antiterrorista española. No se muevan de sus asientos y hagan caso de todo lo que se les indique. Y guarden silencio, por favor– habló al pasaje con tono seco, sin dejar de mirar y apuntar a su objetivo.

Detrás de Duarte un tipo de facciones mediterráneas ponía las manos en alto y se incorporaba de su asiento lentamente. Duarte no se atrevió a mirar, como hizo casi todo el mundo que tenía de espaldas al tipo que ahora estaba de pie en su asiento. El policía se acercó lentamente, advirtiendo a su objetivo que no hiciera ningún movimiento sospechoso, y que se girara noventa grados a su derecha, de cara a la ventanilla.

El policía se acercó, sin dejar de apuntar y con paso decidido. De uno de los bolsillos de su pantalón sacó unas esposas. Todo el pasaje guardaba silencio y contemplaba la escena con gran expectación. El agente colocó los grilletes al sujeto y le dijo que le acompañara. Lo agarró por uno de los brazos mientras lo conducía a la habitación de la que anteriormente había salido, al fondo del pasillo.

Una de las azafatas apareció con la misma cara de preocupación de sus compañeras, y dijo en voz alta que se trata de una detención de un sospechoso por parte de un agente de la ley. Que por favor no temieran nada. Guardó silencio, miró a su alrededor y se fue…..

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Lo que pudo ser y no fue

La compañía Yahoo tiene en su portal un apartado que, a primera vista, parece interesante. Me refiero a Yahoo Respuestas. Una idea, a priori, buena, ya que su espíritu es el de resolver dudas directamente sobre temas tan variados como inmigración, informática, cine, música, salud, historia, literatura, etc, etc.. Un sitio pensado para hacer preguntas concisas y recibir respuestas claras.

La idea, repito, parece  muy buena. Un macro-foro donde los usuarios puedan consultar sobre casi todo. Ya que sus ramificaciones son muy extensas y está bastante bien organizado por temas. Además permite la posibilidad al autor de la pregunta elegir cuál ha sido la mejor respuesta, premiarla, y, aparte, el diseño del foro, permite clasificar a éstos por puntuación, según la experiencia que vayan acumulando en su participación y los méritos que vaya cosechando según su tino al responder y despejar las dudas del “preguntador”. Pero de lo que parece una buena idea y un sitio útil, cuando se vive y se participa, demuestra ser un lugar caótico. Hablo, en este post, de Yahoo Respuestas en español, porque de los otros idiomas que engloba no puedo opinar ya que no he participado. El Yahoo Respuestas que engloba a la comunidad hispanoparlante es de la que voy a hablar.

Muestra varios defectos de diseño, de concepto y de control, no sé si a posta o no, que propician que usuarios malintencionados campen a sus anchas, prácticamente con total impunidad. Tales defectos, desde mi punto de vista son: la posibilidad de repertir nicks ya escogidos por otros usuarios; la posibilidad de, una vez baneado, poder registrarse de nuevo, incluso con el mismo nick; el uso indebido de sub-secciones tan serias como Inmigración, para hacer preguntas maliciosas y ofensivas; la ausencia de moderación, limitándose ésta a eliminar preguntas y respuestas basándose en los reportes que reciban, sin pararse a comprobar si éstos son justificados o no; la posibilidad de clonar a usuarios para realizar preguntas o respuestas, con la única intención de desprestigiarlo y ridiculizarlo; la posibilidad de contar con múltiples cuentas por parte de un mismo usuario e IP, usando éstas, en su mayoría, para auto premiarse y regalarse puntos, sin ningún tipo de control de IPs por parte de los responsables del sitio;  y un largo etecé.

Yo he participado en ese site durante algún tiempo. Lo dejé, simplemente, por las razones arriba enumeradas, y algunas cosas más. A parte, claro, del poco interés de la mayoría de preguntas y respuestas. Salvo honradas excepciones: usuarios bienintencionados, con cultura, ganas de aprender y compartir sus conocimientos. Pero en YR existe un gran número de personas que lo usa como tribuna para insultar, desinformar y mostrar una inmensa malicie, que en la mayoría de foros medio serios del mundo supondrían un baneo ipso facto y la imposibilidad de volver a participar en el mismo. Ya sea con otro nick o con otra identidad. Pero que en YR parece que no interesa. O simplemente les da igual.

Me pregunto el porqué de esta ley del más fuerte es permitida por los responsables del foro. Una marca como Yahoo, prestigiosa y mundialmente conocida, no debería dejar que uno de sus apartados se haya convertido en un vertedero de tarados y “trolles” (salvo excepciones, repito, que las hay). Una ciudad sin ley repleta de indigentes intelectuales, envidiosos, reprimidos y resentidos sociales con el único fin de compensar sus miserias y, de paso, convertir el lugar en algo tóxico y feo.

Pero, como en todo lugar, hay personas que participan de buena fe. Gente culta, informada y que hace un uso del lugar correcto y cordial. Gente sana que llega con las mejores intenciones. Las intenciones de despejar sus propias dudas y de resolver las de los demás. De aprender y enseñar. De esos cada vez quedan menos, porque salen corriendo ante el caos que es YR. Ante los insultos y las malas artes de algunos usuarios. Ante la mala praxis que, en un buen número, hacen del sitio gente insana.

Quizás una se vio contagiada del ambiente. Cayendo a la altura de algunos usuarios. Por eso me fui, no pienso perder más el tiempo en un sitio que rezuma odio y malas intenciones. Un lugar sin ningún tipo de ley, salvo la del número de clicks en el botón de “reportar”. Un sitio, en definitiva, fallido. Lo que pudo ser y no fue por culpa de los responsables de Yahoo y la de sus usuarios.

Yo propuse hace unas semanas la mejora en varios aspectos. El control de las IPs, para evitar múltiples cuentas y el regreso de los baneados, y la de limitar por sistema (que se puede hacer, como en el 99% de los foros del mundo) la repetición de nicks, o sea, que cada nick sea único e irrepetible en el site. Pero parece que YR, que tiene un apartado de sugerencias, lee lo que le interesa y deshecha lo demás. O no lee ninguna, directamente. Una pena.

De ese sitio conservo algunos amigos y amigas. A los que sigo leyendo porque sé que su participación es acertada. Aportando un poco de calma la tempestad de Yahoo Respuestas y, de paso, buenas preguntas y respuestas.

Categorías:Opinión

Eso que fue azul y verde

Pudimos acceder a aquella gigantesca cueva por un pequeño agujero que, casualmente, vimos cuando dábamos una pasada por la zona que explorábamos. Llegamos a aquel lugar de forma fortuita ya que nuestro transporte sufrió una pequeña avería.  El Capitán decidió parar y ordenar que tres o cuatro de la tripulación, entre los que me encontraba, formáramos una pequeña expedición para echar un vistazo a ese simulación de portezuela horadada en la roca.

Por el material que cargábamos –luces, oxígeno, herramientas, cámaras, etc.— pudimos pasar a duras penas por ese angosto agujero. Primero por la oquedad y luego por un estrecho pasadizo, a modo de túnel, que conectaba a una inmensa gruta. Uno a uno fuimos pasando. Primero fue el Capitán y, siguiendo sus pasos, el resto. Un espacio húmedo y frío a oscuras y un silencio sepulcral fue lo primero que nos encontramos. Al instante encendimos nuestras antorchas autónomas para iluminar la estancia y por fin pudimos contemplar la morfología de tan majestuoso lugar.

Era  una especie de bóveda chorreada de estalactitas que por su tamaño debían tener millones de años. El suelo era de idéntico perfil. Resultó ser impresionante la visión que tuvimos de las luces proyectando sombras entre los recovecos de las estalactitas y estalagmitas. Semejante a fantasmas en movimiento y a seres ocultos tras la escarpada orografía del lugar. Uno de los hombres gritó unas palabras y su eco se repitió hasta que solo oímos un pequeño susurro que moría en cualquier de los rincones de la cueva. Jamás habíamos contemplado tal espectáculo en lugar tan desolado y muerto como el que explorábamos.

Con unas escalas que llevábamos en el equipo pudimos bajar hasta poder adentrarnos mucho más en la gruta. Quería el Capitán contemplar desde abajo esa cúpula erizada. Una vez descendimos, nuestras luces daban un aire diferente al que daban cuando estábamos en la entrada. Ahora las sombras se proyectaban de forma perpendicular y la imagen, si cabe, era aún más fantasmal. Más estremecedora. Parecía un mundo dentro de otro. Un lugar en el que la luz y la vida tenían prohibidos su acceso. Al menos de forma permanente.

Después de que inspeccionáramos por separado la gruta, uno de los miembros del grupo se acercó con un objeto en la mano. Era como una especie de receptor muy antiguo. Quizás un elemento de época remota. Estaba muy deteriorado, y ni siquiera conservaba lo que sería su forma original: estaba cubierto de mugre y resquebrajado.  El Capitán nos dijo que miráramos bien a ver si por casualidad hubiera más objetos como ese. Así lo hicimos y en seguida encontramos más. Había ropa. Armas. Unas armas con un mecanismo de lo más rudimentario, pero que en seguida reconocimos. Tenían ese olor a metal viejo tan característico de estos artilugios cuando el tiempo y la humedad hacen mella en ellos.

Encontramos también elementos de metal quizás destinados para cocinar alimentos. Vimos además muchos libros y papeles manuscritos, desperdigados por toda la zona pero demasiado maltratados por el tiempo como para que se pudiera leer lo que en ellos había escrito. También un reloj de los de funcionamiento mecánico, igual de arcaico que el resto de objetos, y ropajes de un tejido que no llegamos a reconocer ninguno de los miembros del equipo. Encontramos muchos más objetos que sin duda pertenecieron a seres que pasaron mucho tiempo recluidos en esta gruta.

Pero lo que más nos sorprendió fueron unos dibujos hechos en la pared de la cueva. Habían formas humanoides, edificios y árboles ardiendo. En una de estas representaciones distinguimos también lo que pudiera ser una especie de aparatos voladores, con unas alas inmensas que parecía alejarse, huir de la destrucción a la que sucumbía el resto de la escena. Aparecía también un cielo desolado, arrasado. Y territorios enteros sin nada. Áridos. Desiertos extensos en los que aparecía desperdigados seres que no llegamos a reconocer. Esos dibujos mostraban un panorama desolador. Seres huyendo. Ahogándose y muertos, muchos muertos.

Todos contemplábamos, en silencio y con gran interés, los dibujos. Eran como un testamento. Una crónica indeleble para que alguien la contemplara en un futuro. Para que quedara constancia de lo que a este ser o seres que aquí habitaron, los llevó a pasar aquí algún tiempo, o quizás la eternidad.

Después de mirar uno a uno los dibujos y todo lo que en ello se comunicaba decidimos tomar  fotografías de ellos. Conservarlas para mostrarlas a nuestro regreso. Eso debía de ser algo antiquísimo que, sin duda, los demás deberían contemplar. El Capitán las copiaba con su cámara y el resto nos dedicamos a guardar, uno a uno, en bolsas los objetos que hallábamos.

De repente un grito de uno de nuestros hombres nos hizo desviar a todos la atención hacia donde se encontraba. Hizo un movimiento leve con la cabeza para que nos acercáramos. Cuando todos estábamos a su lado nos mostró su reciente descubrimiento: eran huesos. Esqueletos completos y perfectamente conservados de, seguramente, los que habían dejado esos objetos y dibujado en las paredes esas escenas. Había unos quince. Se podría deducir, a primera vista, por sus estaturas, que había niños, adultos y quizás algún anciano. No había restos de ropa entre sus huesos ni a su alrededor. Debieron morir desnudos. Sin duda algo les impulsó a recibir su final sin más abrigo que el de su propia piel. Y por su postura final deducimos que debieron morir de una forma horrible.

Ahora comprendíamos aquellos rumores o leyendas que se contaban en nuestra tierra. De que en un lugar lejano hubo una civilización, que por ambición e inconciencia asoló su planeta. Lo destruyó hasta que no quedó vida alguna. Hasta que fue imposible vivir un segundo en él. Esas leyendas fueron borradas de todos los libros  y no quedó constancia de ella para que nadie supiera la verdad. La verdad de que nuestro mundo no pertenecía donde ahora morábamos. Procedíamos indudablemente de este lugar.

En las escuelas nos mentían diciéndonos que éramos originarios de la tierra que ahora también estábamos destruyendo poco a poco. Quizás algo parecido a lo que aquí, hace siglos, pasó. Pero todos sabíamos, aunque no estábamos del todo seguro, que nuestros antepasados huyeron de aquí. En busca de un lugar nuevo donde asentarse. Colonizaron el planeta de donde, mis compañeros y yo, habíamos partido en un viaje que nos llevaría a otra galaxia pero que por una desafortunada avería nos llevó a parar en este sitio muerto, triste y apático.

Ahora descubrimos que lo que se contaba era verdad. Este sitio fue arrasado por la indolencia humana y hubo de ser abandonado por los que tenían medios para ello. De esos, nosotros descendemos. Y los que no tuvieron más remedio que quedarse perecieron sin remedio. Quizás estas personas de las que tenemos delante sus restos, tuvieron que esconderse a zonas del subsuelo para intentar paliar los efectos de la destrucción del exterior. Pero al parecer duraron poco más que los que se quedaron fuera.

Esto era la Tierra. El planeta del que todos hablaban pero del que no había constancia en ningún libro de texto. El planeta que se decía que visto desde el exterior era de un azul y verde intenso en tiempos pasados. Y ahora sólo es negro. Dominado por los vientos huracanados y triste. Muerto. Desolado. Estéril para albergar vida sin necesidad de portar oxígeno en una botella y de resguardarse de el terrible calor y vientos que predominan.

Esto era lo que fue destruido por nuestros ancestros. De lo que hoy se sabe que fue nuestro hogar hace miles de años.

Quizás, por muchos lugares que colonicemos. A muchos lugares a los que huyamos acabarán como éste. Porque mi raza es destructiva, ambiciosa e inconsciente. Y eso es precisamente lo que intentan que no sepamos. Que tarde o temprano, de nuevo, tendremos que huir de un planeta asolado.

Categorías:Relatos

Fuerza y honor

Fuerza y honor. Hoy recordaba a Juan Antonio Cebrián escuchando uno de sus Pasajes de la Historia. Sí, esos que narraba en su programa de radio de memoria, sin apuntes por delante. Dándole el énfasis a la voz para que sus oyentes se metieran en la historia. Maravilloso. Emocionante. Fantástico. Escuchaba  uno de mis favoritos, el de Blas de Lezo, ese marino español del siglo dieciocho que tantas victorias y gloria dio a las armas españolas. Él lo cuenta como si lo hubiera visto, como si hubiera sido uno de sus grumetes arrimando pólvora a los cañones o recogiendo velas en una tempestad. Porque él amaba la Historia y así la contaba. Gracias a él, entre  otros, hoy puedo decir que siento pasión por ella.

Juan Antonio Cebrián y su Rosa de los Vientos, antaño llamada Turno de Noche o la Red. Yo me saqué mi carrera con el Cebri de fondo, interminables noches  estudiando y escuchando sus susurros nocturnos, sus tertulias de las cuatro ces, sus azules y verdes, sus pasajes, sus rincones de Escribano.Recuerdo el día que se fue. Se fue tal como llegó, sin hacer ruído. Recuerdo el vacío que sentí. No lo conocía personalmente, pero era mío en mi cabeza, en mi corazón, porque amaba y amo su programa de radio. Ese espacio que tanto bien hizo por la divulgación, por la ciencia, por la  historia, por el misterio, por el cine, por los cómics.. Con su inconfundible sentido del humor, y con esa voz tan particular nos transportaba al mundo maravilloso de las ondas.  Nos llevaba en un ovni por el espacio, en una galera por el Mediterráneo, en un legajo por la Historia, a lomos de un caballo por Waterloo o con un alfanje por las Navas de Tolosa.Era tarde, de madrugada, su programa en sus últimos años se emitía sábados y domingos a horas intempestivas, pero ahí seguíamos sus incondicionales, a la hora que fuera, aunque el lunes al sonar el despertador nos acordáramos del Cebri y de las ojeras que nos propició su mágico programa. Pero merecía la pena perder horas de sueño por seguir soñando, aprendiendo y disfrutando. Sí, la radio merece la pena cuando te hace soñar. Y Cebrián lo conseguía. Como pocos lo han hecho. Fuerza y honor, Cebri, allá donde estés, fuerza y honor.

Tengo todos sus programas y pasajes de la historia a buen recaudo en un disco duro, gracias a la tecnología pude recopilar todos esas horas que tanto me gustan. Las escucho de vez en cuando. En el coche, en casa, en el mp3 cuando voy al gimnasio. Revivo sus famosas tertulias sobre ciencia o misterios. Sus colaboradores, gente culta y entusiasta que daban al programa más valía si cabe. Estaban a la altura y por eso él los cuidaba. Los mantenía noche tras noche hablando de lo que saben, de lo que escriben o de lo que sueñan. Maravilloso.

Juan Antonio Cebrián es irrepetible. Con su adiós se perdió uno de los grandes divulgadores de este país. Un hombre que dio todo lo que tenía en su programa y en sus libros. Sus “Aventuras”, las cuales, por supuesto, he leído y conservo en mi biblioteca de romanos, conquistadores del Nuevo Mundo, visigodos…. Por siempre estarás ahí. Ahora su programa lo dirige, de forma muy digna y efectiva, Bruno Cardeñosa, continuando con su legado, como reza la entrada que escuchamos cuando comienza el programa: “La Rosa de los Vientos, de Juan Antonio Cebrián”. Porque es suya. Esas doce direcciones que forman la Rosa de los Vientos. A todas las direcciones donde su voz llegó y sigue llegando. Porque ahí sigue vivo, entre sus historias. Las que contó como nadie. Las que sigue contando.

Fuerza y honor Cebrián. De una rosaventera fiel a ti y a tu programa.

Hasta siempre.

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