Vuelo con turbulencias. Parte IV
…..Al-Yahiraq había entrado en la lista de organizaciones terroristas por la puerta grande. En concreto, unos años atrás, atentando contra la vida de un importante diplomático europeo en una visita de éste a Marruecos. No lo mataron, pero sí a muchas de las personas de su comitiva y ciudadanos inocentes que pasaban por el lugar donde explosionó el coche bomba que dispusieron a tal efecto. Con un vídeo difundido en internet, reivindicaban el atentado y dieron a conocer al mundo entero su nombre. Desde entonces habían llevado a cabo varios actos terroristas de gran repercusión en países como Túnez, Libia, Argelia, Egipto, alguno más en Marruecos y, recientemente, daban el salto a Europa. Siempre apuntando a intereses estadounidenses o europeos en países del Magreb. Su ideología era integrista islámica. Y alentaban en sus vídeos y comunicados a todos los musulmanes del mundo a unirse a la Yihad contra los occidentales que pisaran suelo de Alá.
Ahora, con Europa en sus planes, alargaron sus redes para reclutar a más y más participantes de su locura. Como pasó con la terrorista de nuestra historia y con su compañero, que llevaban a cabo su primera misión en el Viejo Continente tras pasar varios meses en uno de los campos de entrenamiento clandestinos de la organización.
Su principal líder era un rico hombre de negocios egipcio. En poco tiempo pasó a formar parte de la lista de terroristas más buscados por el FBI. En su famosa página web se podía ver su foto, y ya se ofrecía la friolera de dos millones de dólares por su cabeza.
Quedaba menos de media hora para que el Mediterranaen 322 llegara al aeropuerto de Ajaccio. Federico Duarte tenía un fuerte dolor en la frente debido al golpe del terrorista y, aunque ya sangraba menos, seguía sujetando un pañuelo sobre la herida que la señora de su izquierda le facilitó. La tensión se podía mascar en el ambiente. El terrorista seguía apuntando y vigilando al pasaje. La mayoría, por miedo a su reacción, guardaba silencio, otros lloraban y los menos daban vueltas en su cabeza la forma de arrebatarle la pistola y hacerse con el control de la situación. Era sólo uno contra sesenta pasajeros y seis azafatas. Algo habría que se pudiera hacer.
En la cabina de pilotos la chica habló un par de veces más con la torre de Ajaccio, esta vez para recibir las indicaciones de aproximación rutinarias. Además alguien del personal de dicho aeropuerto se comunicó con ellos para conocer la naturaleza de la avería. En este caso habló el copiloto del vuelo. Tras unas breves indicaciones cortaron la comunicación hasta las siguientes instrucciones para el aterrizaje. El comandante volvió a insistir en la dificultad de que los dejaran despegar sabiendo que el avión estaba secuestrado. Además le repitió que el motor no resistiría, en un intento más de disuadirla. Ella hizo oídos sordos y siguió a los suyo, maquinando en su mente lo que diría una vez tomado tierra. Sabía que iba a ser complicado, pero había que intentarlo.
Abdul comprobó cuántas balas le quedaban en la pistola. Sabía que, a parte del bulo de la bomba líquida, era la única forma de tener a los secuestrados quietos, la amenaza de un arma y la constancia que había quedado patente antes en que no vacilaría en usarla de nuevo contra quien fuera. Le restaban siete.
Pensaba en lo sucedido en la habitación cuando el policía, una vez detenido y esposado, lo obligó a sentarse en un asiento. Por un momento pensó que todo había acabado y que la misión se podía dar por fallida, pero la suerte le acompañó. El agente, una vez cacheado al sospechoso y vaciado sus bolsillos, colocó la pistola en una pequeña repisa que había en la habitación, sacó las llaves de los grilletes y le abrió uno con la intención de sujetar al detenido de forma que uno de sus brazos pasara por detrás de una barra de metal que cruzaba de izquierda a derecha la pared de la habitación, cerrando de nuevo el grillete sobre la muñeca que ahora quedaba libre por unos momentos. Para tenerlo sujeto al fuselaje del avión. Abdul no se lo pensó dos veces, en cuanto notó que su muñeca derecha quedaba liberada de la atadura del grillete, se levantó a toda prisa, cogió un lápiz que había sacado el agente del bolsillo de su camisa en el cacheo y se lo clavó dos veces en el costado izquierdo. Profundamente y con violencia. El agente se tambaleó, con los ojos muy abiertos, se dirigió a la puerta y Abdul aprovechó para agarrar la pistola y de camino quitarse las esposas de la otra muñeca. Cuando salió al pasillo a rematarlo ya lo vio en el suelo, muerto. Al parecer había tocado algún órgano vital.
En la cabina ahora la chica se fijó en maletín metálico del agente de policía. Con la ilusión de encontrar algún arma más lo abrió mientras advertía a los pilotos, con el bote de líquido azul en la mano, que no hicieran ningún movimiento sospechoso. Dentro del maletín no había ningún arma. Encontró papales y algunas fotografías tomadas, al parecer, con objetivos de larga distancia. En algunas de ellas se podía ver a algunos compañeros más veteranos de su organización. Terroristas buscados y bien conocidos por las agencias de seguridad. Pero se sorprendió al comprobar que no había ninguna de ella ni de Abdul. Lo que la hizo pensar que tal vez aún era desconocida para las autoridades y servicios secretos occidentales. Pero en breve, pensó con una leve mueca de satisfacción, iban a conocerla.
–Mediterranaen 322, aquí Ajaccio tierra. Se encuentran a 16 millas, descienda a 7000 pies y vire a rumbo 211.– cantó la radio.
–Aquí Mediterranaen 322, roger.– respondió la mujer.
El piloto procedió a realizar lo indicado por Ajaccio y comprobó de nuevo los indicadores de temperatura, presión y potencia del motor renqueante. Pudo ver que seguían descendiendo los niveles y aumentando la temperatura. Sabía que era imposible que aguantara un despegue como el que tenía planeado la terrorista que hicieran una vez repostados los depósitos del aparato. Por primera vez, desde que comenzó el secuestro, se planteó el hacer algo. También albergaba la esperanza que las autoridades corsas hicieran algo para salvar las vidas de los integrantes del vuelo.
–Oiganme– dijo la terrorista a los pilotos –ni se les ocurra intentar nada una vez estemos en tierra. Si se portan bien dejaré que bajen algunos pasajeros, sobre todo los dos niños que hay y alguna persona de avanzada edad que he visto. También sopesaré la posibilidad que alguna azafata acompañe a los afortunados. Pero si no veo colaboración por su parte, no saldrá nadie de aquí. Créanme. Y cuando digo colaboración me refiero a que estén calladitos, quietos en sus asientos y que hagan exactamente lo que les pido.
Los dos pilotos asintieron en silencio…….





